El nacionalismo estadounidense, la Doctrina Monroe y el concepto del Destino Manifiesto siguen resonando con fuerza en la actualidad. Aunque estas ideas surgieron hace más de un siglo, siguen siendo relevantes, particularmente frente a acontecimientos globales recientes como las tensiones en Venezuela —incluida la crisis política y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro en 2026 y las actitudes de desprecio hacia los migrantes acompañadas de políticas de deportación más duras en Estados Unidos.
Al
profundizar en la ideología del presidente Donald Trump, su postura hacia
América Latina adquiere mayor sentido dentro de un marco ideológico más amplio.
No se trata únicamente de decisiones aisladas de política exterior, sino de la
coherencia de un sistema que legitima la acumulación de riqueza y evita
cuestionar la responsabilidad estructural de las élites económicas en el
empobrecimiento social.
En
este paradigma, la desigualdad no se entiende como resultado de dinámicas
históricas, políticas o económicas complejas, sino como consecuencia directa
del mérito individual. Se promueve la idea de que “si trabajas más, te irá
bien; esfuérzate, sé productivo”. Bajo esta lógica, la pobreza deja de ser
vista como un problema estructural y pasa a interpretarse como una falla
personal: si eres pobre es porque no produces lo suficiente o no aportas valor
al sistema.
Este
discurso no solo refuerza una ética individualista, sino que también desplaza la
atención de las relaciones de poder y de las condiciones materiales que limitan
las oportunidades reales de amplios sectores de la población.
Este
pensamiento se ve justificado con pensadores como Juan Calvino, quien fuese
unos de los principales reformadores protestantes cuya corriente de pensamiento
termino influenciado el surgimiento del capitalismo:
‘’En
pocas palabras, lo que los autores anteriormente citados comprobaron fue que la
ética calvinista (contraria al cristianismo de Roma que prohíbe la usura, la
acumulación de riquezas y el lucro) proponía un cambio profundo al pensamiento
evangélico "es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que
un rico gane el reino de los cielos", ya que, cuanta más riqueza lograra
acumular un hombre y cuanto mayor éxito tuviera en sus negocios, según los
calvinistas, era porque gozaba del apoyo y ayuda de Dios. El premiaba su obra.
Por otra parte, si un hombre se arruinaba en sus negocios era debido, según los
seguidores de Calvino, a la pérdida del favor de Dios. Él le castigaba’’
El
problema radica en que la idea de Nación y de nacionalidad no se emplea con una
visión de bien común global; por el contrario, se instrumentaliza para
beneficiar exclusivamente a Estados Unidos y justificar acciones de carácter
imperialista. Bajo este enfoque, conceptos como soberanía y seguridad nacional
sirven para legitimar intervenciones militares, presiones económicas, bloqueos
internacionales y políticas que reproducen dinámicas de discriminación y
segregación racial.
De
este modo, el nacionalismo deja de ser un principio de identidad colectiva y se
convierte en una herramienta de poder que limita la libertad de desarrollo de
otras naciones. El intervencionismo económico, las sanciones y los mecanismos
de presión internacional no solo afectan a los gobiernos, sino también a las
poblaciones civiles, profundizando desigualdades y dependencias estructurales
en el sistema internacional.
Resulta
coherente, dentro de una lógica nacionalista, que el gobierno actual de Estados
Unidos impulse políticas para expulsar o limitar la presencia de migrantes
mexicanos y latinoamericanos. Si una parte significativa de la población no se
asume como estadounidense ni se identifica culturalmente con la narrativa
nacional dominante, sino que mantiene un fuerte vínculo con su cultura de
origen —por ejemplo, la mexicana—, entonces surge una tensión en torno a la
identidad, la pertenencia y el control simbólico del territorio.
Esta
preocupación no es nueva en la historia estadounidense. Desde la guerra entre
México y Estados Unidos (1846–1848), que culminó con el Tratado de Guadalupe
Hidalgo, amplios territorios que pertenecían a México pasaron a manos
estadounidenses. En esas regiones —como California, Texas** y Nuevo México—
permaneció población mexicana que, de un día para otro, se convirtió
formalmente en “estadounidense” sin dejar de ser culturalmente mexicana.
La
pregunta entonces no es solo territorial, sino identitaria: ¿qué define
realmente la pertenencia a una nación? ¿La frontera política, la cultura, la
ciudadanía legal o la autoidentificación? El conflicto actual en torno a la
migración puede entenderse también como una disputa simbólica sobre quién
“pertenece” y quién tiene legitimidad histórica y cultural sobre el territorio.
‘’Creemos conveniente y oportuno indicar que,
como afirma Josefina Vázquez para el territorio de Texas, "la población
norteamericana superaba tanto a la mexicana que todos adivinaban cuál era el futuro
inmediato" (Ibid.: 15). A pesar de ello podemos preguntarnos, ¿cuál fue el
origen de la migración norteamericana sobre el estado de Texas? Sin lugar a
dudas, la doctrina del Destino Manifiesto significó para los norteamericanos el
estímulo que los impulsó a extender sus fronteras. Esta teoría estipuló que el
territorio de Texas estaba insuficientemente explotado por los mexicanos, idea
que dio motivo a que los norteamericanos, creyéndose poseedores de una cultura superior,
consideraran ser los llamados para regir y administrar aquellas tierras e
incorporarlas como productivas a su sociedad, justificando de esta forma la
anexión de Texas (Ortega, 1972: passim).’’
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